martes, 2 de diciembre de 2008

EL ULTIMO FUSILAMIENTO

Los viejos muros del edificio del cuartel "Pineda", que cayeron bajo el golpe de la piqueta, dando paso al mercado "Francisco I. Madero" de La Paz, fueron mudos testigos de cientos de fusilamientos de enemigos e insurrectos, en la vorágine de los movimientos armados de poco más de un siglo que finalizaron al triunfo de la Revolución de 1910.

El cuartel estaba ubicado en al esquina de las calles Tercera (conocida también como "Parroquia" y "Velasco") que actualmente recibe el nombre de Revolución de 1910 y Santos Degollado que ya se llamaba así desde mediados del siglo anterior.

Resulta interesante resaltar el último fusilamiento, ocurrido cuando ya las convulsiones revolucionarias se habían apagado y todo en nuestra entidad era paz y armonía. En virtud de un decreto del señor Presidente Adolfo de la Huerta (que conocía la península), en Baja California Sur los ciudadanos pudieron acudir a las urnas electorales para elegir de una terna, al gobernador de la entidad. En aquel experimento democrático triunfó en forma arrolladora el señor Agustín Arriola Martínez. Corría el año de 1920.

A pesar de la claridad del resultado de la elección, hubo un movimiento de sedición entre algunos militares (reductos Huertistas), en oposición de las ordenes del comandante de la tercera zona militar, Gral. Francisco D. Santiago, que había entregado pacíficamente, sin problemas, el poder al gobernante electo y había aceptado el mando militar de un gobierno legítimo surgido del pueblo sudcaliforniano meses antes.

Octavio Amador Llorente, Saturnino Romero Leyva Y Espiridión Cota Menchaca, oficiales del 25/o. batallón de infantería, encabezaron el movimiento sedicioso, pero fueron delatados a tiempo y el General Santiago implementó una estrategia para hacer fracasar el movimiento que pretendía derrocar violentamente, a sangre y fuego, a don Agustín Arriola, el gobernador.

La noche anterior al planeado por los cabecillas para hacer brotar el movimiento antigobernista, gente leal al Gral. Santiago dice "simpatizar" con el motín antiarriolista y acude a Esperidión en busca de oportunidad para sumarse a sus efectivos. Una vez dentro de la planeada revuelta, aquellos soldados leales a su comandante indagan todos los detalles y se enteran del sitio donde está el armamento y la cantidad de soldados involucrados en el asunto, informan de todo ello a las autoridades de la Tercera Zona Militar y por la mañana se desmantela el movimiento y son aprehendidos todos los rebeldes golpistas.

Al saberlo, el gobernador del territorio deja en manos del General Santiago el problema, aduciendo que su gobierno no quiere mancharse de sangre ni culpable ni mucho menos inocente.

En un texto enviado ese día al comandante, el gobernador asienta de puño y letra: "....al enterarse el Ejecutivo de la asonada que se pretendía en contra del gobierno legítimamente constituido, ruego a Su Señoría eximirme del delicado compromiso del castigo a los insurrectos, ya que mi gobierno ni hoy ni nunca jamás se verá empañado en su estructura por la sangre de nadie, sea o no culpable. En consecuencia, dejo a usted en disposición para que aplique, si lo juzga oportuno  necesario, el castigo a que se han hecho merecedores al no acatar las disposiciones de disciplina y atención a las órdenes puramente militares emanadas de sus jerarquías y que tengo entendido y comprobado, no han sido acatadas y obedecidas de conformidad con el código militar vigente. Ruego a Su Señoría informarme, de todas maneras, de lo que acontezca sobre este particular. Atte. A. Arriola M. Rúbrica".

Días después, los culpables son llevados a juicio militar ante un tribunal y después de cansadas sesiones, deliberan y sentencian tanto al cabecilla Amador como a sus principales correligionarios, a ser llevados al paredón, ejecución que se programa para la madrugada del día 2 de Marzo de 1922.

La mañana del día señalado para la ejecución, un sacerdote acude a recibir la confesión de los tres militares sentenciados y, como gracia especial, se les permite la visita de sus angustiados familiares, antes de marchar al paredón de fusilamiento. Dos abogados y algunos familiares de los reos acuden al callejón del Comercio (actual callejón Carlos M. Esquerro) a obtener el acostumbrado indulto del Gobernador de la entidad. Este magnánimo y respetuoso de la vida humana, lo expide y firma, suplicando a su amigo antecesor Gral. Santiago, el perdón para los inculpados. Circunstancias curiosas impiden que el documento llegue a tiempo a manos del comandante de la tercera zona militar. Era un día lluvioso y por la calle 16 de Septiembre, donde despacha el General Santiago, se desliza impetuoso hacia el mar un insalvable torrente de aguas broncas que arrasan todo a su paso. En tanto manos piadosas ayudan a los abogados y familiares a cruzar las procelosas aguas de la calle, en el cuartel Pineda los reos marchan al paredón.

Cuando mojados y corriendo llegan los familiares ante el General Comandante con el documento enviado por el gobernador, los insurrectos han sido ya acribillados a tiros de máuser por el pelotón que ha cumplido su macabra tarea. Ante el azoro de los vecinos y curiosos que se arremolinan para ver por el zaguán principal (saturado de rendijas) la ejecución. Los cadáveres son recogidos por la tropa y después entregados a sus familiares y abogados, para que sean velados y llevados al cementerio.

Así termina el pretendido movimiento sedicioso contra el gobierno sudcaliforniano. Sería esta la última ejecución que registran los anales de la historia en Baja  California Sur. EL sitio exacto de la ejecución comentada, como de todas las anteriores, es la zona del mercado donde se ubican los expendios de carnes.

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